refugiados climaticos consecuencia del cambio climatico
Las consecuencias anunciadas del cambio climático no se hacen esperar. No son cuentos apocalípticos. Lo increíble es que mientras unos gobiernos se agarran de las manos, sin soluciones para terribles problemas que se avecinan, otros tratan de sacar ventajas de ellas. Una rebatiña por sus propios intestinos.
El ex vicepresidente norteamericano Albert Gore continúa impartiendo sus documentadas conferencias sobre el tema: Una verdad incómoda, que revela los terribles desastres que están por ocurrir a causa de un calentamiento global en el que el gobierno de Estados Unidos (de espaldas al Protocolo de Kyoto) tiene cada vez más responsabilidades.
Sus intenciones no logran convencer al auditorio. No se trata de una empresa libre de los rigores del mercado. Sin embargo, la verdad es una, alarmante, y viene cada vez con nuevos elementos y hallazgos. El más reciente y fatídico habla sobre la emigración africana que tiene sus causas también en el cambio climático.
Los territorios pobres son siempre los más perjudicados, y nuevamente el África se alza a la cabeza de las penurias. Las sequías y el hambre en esa región son mayores. La emigración marca una época para sus pobladores, que sí no pueden sobrevivir en el suelo ancestral, se van a otra parte.
“Refugiados climáticos” es un nuevo término que pasa a formar parte de las inesperadas y temibles consecuencias de este fenómeno. Islas Canarias ha sido uno de los principales receptores de personas, pero no será el único. Los grandes disturbios de las migraciones amenazan en el corto plazo cualquier territorio disponible: los agredidos escapan de la pobreza y la muerte. Así de sencillo.
Sudán es uno de los países víctimas, con abundantes dificultades derivadas de las intensas sequías. Sin embargo, en otras regiones se da el fenómeno de las emigraciones por razones contrarias. Con el aumento de temperaturas en los océanos, el deshielo ártico y antártico serán inminente, entonces, y sobrevendrán múltiples inundaciones costeras. Esa agua mortal también sacara poblaciones enteras de sus hogares.
Se calcula, por elementales predicciones estadísticas, que un incremento de un metro en el nivel del mar generará 100 millones de refugiados climáticos; pero si el aumento fuera de 6 metros, el número podría ascender a 450 millones.
No habría sistema político capaz de soportar tal embate de la naturaleza; aún cuando esta es inducida por la mano poderosa, salvaje y a la vez diminuta del hombre.
La humanidad juega al equilibrismo en la clásica cuerda floja, y debajo aguarda un gran abismo. Las crisis más inconcebibles se abren ominosas bajo sus pies.
En otras partes del mundo, los peligros climáticos disparan cifras también alarmantes: las del mercado de la especulación y las predicciones económicas. Países del primer mundo, como Estados Unidos, intentan sacar ventaja de la catástrofe que se avecina, o al menos lavar sus manos de culpas ante una desgracia que nadie duda en achacarles.
Abogados norteamericanos se preparan para recibir una presumible oleada de demandas. Trabajan en lo que prevén será una explosión de denuncias hacia el sistema y las compañías contaminantes.
Temen una situación similar a la que se dio contra las empresas tabaqueras, ya sea a través de demandas contra el gobierno o contra empresas específicas. O quizás para gestionar a tiempo los nuevos mercados donde se comercializarían los derechos de emisión.
Los bufetes en cuestión, radicados en Texas, cuentan entre sus clientes a las empresas energéticas. Esperan también representar a querellantes perjudicados por el clima y la contaminación. Del lado de Dios y del Diablo, de quien apueste mejor, podría ser la doctrina que rija esta etapa.
El mercado mundial de derechos de emisión, en el cual pretenden intervenir, mueve actualmente alrededor de 30 mil millones de dólares; pero podría llegar a los 100 mil millones, si Estados Unidos se sumara a un acuerdo internacional para limitar los derechos de emisión.
Ya se ofrecen en algunas universidades cursos de litigios sobre cambio climático. Les aterra la idea de que la primera gran estación de esquíes cierre por la ausencia de nieve.
Las grandes aseguradoras podrían, incluso, llegar a ser grandes demandantes, a causa de los millones ya gastados en fenómenos como el huracán Katrina, si se descubriera que este fue una consecuencia directa del cambio climático provocado por alguna empresa de ocasión.
Así, mientras los grandes especuladores del mercado se anticipan a cada acontecimiento, a fin de obtener de él los mayores beneficios, África, el más pobre o menos desarrollado de los continentes del planeta, se convierte en un refugiado climático, con escasas alternativas de recuperación.







